El nino de las estrellas


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AMI EL NIÑO DE LAS ESTRELLAS de ENRIQUE BARRIOS en Gandhi

He leído y acepto la política de privacidad. Fui corriendo lleno de angustia a echar un vistazo hacia el abismo. No pude creer lo que vi: Pero de inmediato recordé que no debía sorprenderme demasiado por nada de lo que hiciera aquel alegre y extraordi- nario ser de las estrellas. Bajé de la roca como pude, con gran cuidado, y me uní a él en la playa. Pensé que me hubiera gustado actuar como él, pero yo no podía sentirme tan libre y alegre así como así. Vino a mi lado intentando animarme y dijo con gran entusiasmo—: Me tomó de la mano y sentí una gran energía en el brazo, en todo el cuerpo, y comenzamos a correr por la playa.


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Parecía suspenderse en el aire unos momentos antes de caer sobre la arena. Poco a poco fui dejando de pensar como de costumbre, fui cambiando; ya no era yo mismo, el de siempre. Animado por el chico de blanco, fui modificando mi forma de pensar, fui deci- diéndome a ser liviano como una pluma, estaba poco a poco aceptando la idea de ser un ave. Cada vez lo hacíamos mejor, y eso me sorprendía. Parecía otra forma de existir, otro mundo. Para mí fue como un sueño. Cuando me sentí cansado me lancé sobre la arena jadeando y riendo feliz.

Había sido algo fabuloso, una experien- cia inolvidable. No sabía todavía nada acerca de las sorpresas que me tenía preparadas aquella noche increíble Mi amigo, tendido sobre la arena bañada por la claridad de nuestro satélite natural, con- templaba con deleite, extasiado, esos movedizos reflejos sobre las aguas nocturnas; luego se regocijaba mirando la luna llena. Yo nunca había pensado que lo fuera, pero ahora que él lo decía Suspiró mirando hacia un punto del cielo a nuestra derecha. Recordé que me había insinuado que los terrícolas no somos demasiado buenos, y creí comprender una de las razones: Le hizo gracia mi pregunta.

Es sólo que no existen en tu lengua los sonidos de mi nombre, así que no vas a poder pronunciarlo. Vaya, yo creía que eras telépata. Porque eso es lo que soy: Me miró con alegría y exclamó: Yo sentí que en ese momento sellaba una nueva y muy especial amistad, y así iba a ser. Mientras Ami observaba el cielo me puse a pensar en las películas de invasores extraterrestres que había visto tantas veces en la televisión, en el cine y en Internet.

Mi pregunta le hizo gracia. Su risa fue tan alegre que me contagió y me hizo sentir ridícu- lo por mi desconfianza. Después traté de justificarme: Apretó un botón y apareció una pantalla encendida.


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  • Era un pequeño televisor en colores y sorprendente- mente claro y nítido. Ami hacía zapping con rapidez. Aparecían unos seres con cabezas de pulpo y muchos ojos saltones surcados de venitas rojas. Disparaban rayos verdes contra 30 Ami, el niño de las estrellas ami estrellas. Mi amigo parecía divertirse con ese film. Me dejó pensando, pero al final no me convenció. Sonrió y me dijo: Claro que no. Yo no podía comprender.

    Ami captó mi pensamiento y me explicó: La verdadera inteligencia va de la mano de la bondad, o no es inteligencia. Ami parecía querer pintarme un nuevo Universo, uno color de rosa, y no le creí demasiado; pensé que podrían existir algunos planetas habitados por locos que no son tan locos, es decir, por gente inteligente, fría, científica y eficiente, y al mis- mo tiempo malvada, cruel.

    Él, por supuesto, pudo ver lo que yo estaba pensando y, como siempre, le hizo mucha gracia.

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    Eres todo un caso, Pedrito. Yo pensé un poco antes de responder, pero no encontré ninguna señal de maldad alienígena en nuestra historia. Él procuró tranquilizarme: Pero, en definitiva, todas las civilizaciones planetarias insensibles ante la solidaridad universal se autodes- truyen si alcanzan un alto nivel tecnológico y no logran superar su dureza de entendimiento, su falta de lógica superior.

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    En otras palabras, cuando el nivel científico de un mundo supera dema- siado su nivel de solidaridad, ese mundo se autodestruye. Po- demos decir que solidaridad es amor, afecto o cariño. Cuando vi tan claro aquello no me sentí tan mal como antes por mi temor a que Bueno, esto es secreto, shhh Pero aho- ra comprendía que necesitar mayor afecto no es señal de debili- dad, sino de mayor lejanía de la bacteria y del gusano.

    Y las civilizaciones también necesitan de esa energía llamada solidaridad, amor, afecto o cariño. Si el nivel de solidaridad de un mundo es bajo, hay infelicidad colectiva, odio, violencia, división y guerras; y si hay al mismo tiempo un alto nivel de capacidad destructiva Sigamos con tus dudas. Yo todavía no podía creer que no existieran locos o mons- truos invasores en el espacio, siendo infinito de grande. Él dijo: Para alcanzar el nivel tecnológico que permi- te llegar a otros mundos en minutos se necesita de muchísimo mayor desarrollo científico que el que hay en este planeta.

    No exis- te un sistema de organización sin solidaridad que permita sobre- vivir mucho tiempo a ninguna civilización, así que Ninguna otra alternativa existe en todo el Universo. Se alcanza de manera natural cuando una civilización se acerca a la solidaridad, cuando ya no ignora las necesidades materiales, culturales, espirituales y afectivas de todas las perso- nas y de todo su entorno, flora y fauna, tierra, agua y aire, y esto sólo sucede cuando una civilización evoluciona. Aquí mismo en la Tierra hace un millón de años esto era un infierno, bueno, no para las criaturas que vivían felices ahí, sino que lo sería para nosotros.

    Hay planetas habitados por terribles monstruos. Eso era tranquilizador. Reímos como buenos amigos.

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    Ah, si vieras lo que es un atardecer con esos soles gigantes Mi pregunta le pareció cómica. AmiCapítulo 3 No te pre-ocupes ami estrellas. Las cosas no son lo que parecen Ni yo mismo lo sé. Fíjate cómo se deslizan esas pequeñas aves por la arena, parecen flotar Movían sus patitas de forma tan veloz que no se les veían, y por eso parecían deslizarse o flotar sobre la arena.

    Yo recordé que era tarde. Qué tontería. Cuando aparezca un problema real, entonces 40 Ami, el niño de las estrellas ami estrellas. Sería tonto no disfrutar de este momento, de esta noche tan bonita. Observa esas aves que corren sin preocuparse.

    Tomó su aparato televisor y comenzó a manipularlo. En la pantalla apareció el camino que lleva hacia mi casa. Todo se veía en colores e iluminado como si fuese de día. Penetramos a través de la pared de la casa y apareció mi abuela durmiendo profundamente en su cama; hasta se oía su respira- ción. Vamos al comedor. La imagen atravesó la pared del dormitorio y apareció el comedor.

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